Amor constante más allá de la paz

Sábado 17 de febrero de 2018, por Mario Guerrero




El documento del acuerdo de paz se ha convertido en un nuevo motivo de pugna. Su reserva despertaba suspicacias, pero su publicación ha hecho que la sociedad colombiana se divida nuevamente entre defensores y contradictores. El hecho de desembocar en la polarización desde el mismo pretexto de hablar de “la paz” no es más que otro de los síntomas de las profundas contiendas que continúan librándose en nuestro país y que debemos superar para construir la verdadera paz.

Serán ceniza, más tendrán sentido … (Francisco de Quevedo)

¿Por qué hoy en Colombia todos hablamos de paz pero suena como si siguiéramos peleando?
Porque la paz se convirtió en una nueva disputa electoral.
Porque los contradictores montaron una guerra contra la paz.
Porque todos gritamos de viva voz o en imágenes y afiches, arengas a la paz.
Porque la paz no se puede redactar como un contrato.
Porque la paz se volvió un cliché y ya no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de paz.

Y en fin, porque la paz ya no es más que un nuevo dispositivo para continuar en la contienda.

Es así como una vez firmado el documento del acuerdo de paz se ha convertido en un nuevo motivo de pugna. Su reserva despertaba suspicacias, pero su publicación ha hecho que la sociedad colombiana se divida nuevamente entre defensores y contradictores. El hecho de desembocar en la polarización desde el mismo pretexto de hablar de “la paz”, no es más que otro de los síntomas de las profundas contiendas que continúan librándose en nuestro país y que debemos superar para construir la verdadera paz.

Y esto porque nuestra sociedad tiende, en el discurso político, de manera muy fácil a la dislocación y de ella vamos directamente a la violencia. Inusitadamente entendemos, al modo prusiano, que “La guerra es la continuación de la política por otros medios” (C. Von Clausewitz). Tenemos una actitud pendenciera y destructora cuando de diferencias políticas se trata, enarbolamos ideas y discursos como estandartes y hachas, para imponerlos sobre las ideas de los demás, aniquilando al contrario en el camino. Lo político es un ruedo, donde siempre algo debe terminar tendido para que cobre sentido la faena y por ello sigue siendo un lugar donde prima la fuerza, los pantalones, los caudales políticos, las alianzas oportunistas…

Durante dos siglos de vida republicana ha sido la política, en todas sus formas y lemas, la que nos ha hecho desembocar en el conflicto, y aun peligrosamente nos sigue empujando al abismo ¿Cuántos más debemos vivir para entender que no es sólo en la política dónde encontraremos solución a nuestras diferencias? Que la política no debe ser más nuestro referente mientras perdure como ese lugar donde se agazapan los oportunistas, los ineptos se acomodan a sus anchas, se empollan los delfines y en fin, ese caldo de cultivo de mentiras y corrupción.

El relato de la paz que nos vende la política es demasiado macabro para seguirlo escuchando. Para rehacernos debemos recurrir a otros relatos, más deportivos, científicos, artísticos y culturales, menos pretenciosos y más humanos. Si bien entiendo que la solución negociada con las FARC es la única opción de finalizar el conflicto armado, también que esta no es la paz completa, más bien el final de una de nuestras guerras…

La paz, en cambio, es el lugar en el cual una sociedad se reconoce imperfecta a sí misma pero también donde encuentra las formas de resolverse sin hacerse daño; es un relato plural, polifónico y polivalente, dictado y recitado a muchas voces, a través del cual cada sociedad se entiende nueva cada día, más ancha, diversa y plural.

Hacer la paz es responsabilidad de cada uno. Es la equidad y justicia que promuevo desde el respeto por la dignidad, ideas y vida de los demás… Entender la paz pasa por la comprensión sensible del otro, por la empatía y la capacidad de cada quien de vincularse y ser receptivo con el otro diferente. No sólo es el diálogo, debe haber conexiones. Bien dice Martha Nussbaum: “El amor es lo que hace que se respete la vida humana”, el amor y el vínculo sensible con los demás será lo único que podrá construir paz y reconciliación.

Un antiguo adagio gitano enseña que “todo lo que sabemos lo sabemos entre todos”; y así es la paz, compartida, hecha de retazos, pegada por sentimientos, memorializada y por ello claro, conflictiva, pero libre de violencia. LA PAZ, en mayúsculas, no es un documento, no es una ley, no es una ceremonia, no es un voto, es una emoción pública. Por ello no hay representatividad en la paz, no se puede delegar: o la hacemos todos, incluyendo a aquellos que murieron buscándola, o no tendremos paz.

mguerrerog4@uniminuto.edu

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