Atrévase a leer a Shakespeare y no le tema al Quijote

Es sabido que los dos escritores, Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, murieron el mismo año, 1616, aunque probablemente no en la misma fecha, y que uno cultivó la comedia y el otro el drama, lo que los hacía muy distintos. Pero a los dos le debemos lo más grande de la literatura universal: el descubrimiento del reino de la imaginación y el del reino del poder.


A Cervantes le debemos muchas cosas más: una de ellas, la primera, haber creado un personaje sencillamente maravilloso como Don Quijote, el hombre flaco y magro, casi seco, de unos cincuenta años de edad, que se aficionó apasionadamente a leer novelas de caballería, tanto que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro y perdió el juicio.

Esa es la historia. Ese hombre ingenuo e ingenioso, puro y limpio, decidió convertirse en Caballero y le dio por recorrer el mundo y crear batallas imaginarias contra héroes y gigantes que solo existían en su imaginación. Y no podía faltarle otra cosa sino buscarse una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma.

Don Quijote se inventó un viejo amor al que rebautizó como Dulcinea del Toboso y, con las ilusiones intactas, decidió recorrer el mundo. De ahí para allá, todo es historia, o mejor, literatura. Ese personaje magnífico es la representación del idealismo pero también de las ilusiones intactas, a las que nunca renunció por imposibles o ridículas que parecieran.

Esa es la segunda lección que le debemos a Miguel de Cervantes Saavedra: que en tan magistral pieza, con monumental proeza, nos enseñó a soñar y a seguir soñando, por fuertes que fueran los vientos, por grandes que fueran los retos, por imposibles que parecieran las metas y propósitos. Temas que están hoy en día con intacta actualidad y renovada inquietud.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es el reino de la imaginación en las novecientas páginas que, en promedio, trae una edición regular y no comentada de esa magnífica creación literaria. Allí encontramos, además, el espléndido uso que del lenguaje de la época hacía Cervantes y que bien valdría recobrarlo hoy en día cuando la lengua castellana parece amenazada por la difundida costumbre de escribir y hablar mal en la que lamentablemente todos caemos.

Así que, si todavía no lo ha hecho, ármese de valor, abra su mente, búsquese un diccionario y siéntese a disfrutar y a deleitarse con las aventuras de este personaje de hace cuatro siglos que marcó para siempre el rumbo de la literatura y de nuestro idioma. Difícil, por duro que suene, superar lo que hizo Cervantes, lo que escribió Cervantes. Así de enorme y clara fue su creación.

Ahora bien. Si Cervantes nos regaló el reino de la imaginación en una de sus obras, Shakespeare nos enseñó a entender y conocer el reino del poder y sus pasiones. Ese es, a mi modesto modo de ver, el enorme aporte del británico a nuestra cultura y a nuestra historia.

Sus personajes son quizás, más conocidos que él mismo: Hamlet, Otelo, Romeo y Julieta. Su certera pluma, providencial. Como cuando en La tempestad nos dice: Pecaría si dudara de la honra de mi abuela. Pero vientres nobles han parido malos hijos. A través de sus dramas y tragedias, Shakespeare nos enseñó a entender y comprender mejor la traición, la deslealtad, la guerra, la muerte, la sangre vertida por el honor mancillado. En últimas, la condición humana.

En Julio César nos manda esta frase: Los hombres son a veces dueños de su destino, y no culpemos a la mala estrella de nuestras faltas. No, ¡somos nosotros que nos dejamos someter!

Más sin embargo, Shakespeare, el máximo dramaturgo, el sicólogo mayor, escribió también sonetos, nacidos, según el experto y traductor Mario Reyes Suárez, probablemente durante la peste que obligó a cerrar los teatros de Londres entre 1591 y 1593.

Uno de ellos es un regalo para los corazones enamorados, como los de Romeo y Julieta:

Feliz a veces de tu compañía,

Y a veces triste por tu indiferencia,

Yo no encuentro ni busco otra alegría:

Lo que tuve o tendré por tu presencia.

Desolado y feliz, día tras día,

Todo soy junto a ti, nada en tu ausencia…

Shakespeare, el genio literario cuya biografía cabe en un par de páginas, nos dejó para siempre un mundo de lecciones sobre las pasiones humanas que bien valdría la pena rescatar y repasar. Y como en el caso de Cervantes, es cuestión de perderles el miedo a sus lecturas.

Cervantes y Shakespeare: sus obras fortalecen y divierten; apasionan y celebran la fiesta de la palabra, esa que esencialmente nos diferencia de otros seres del planeta.

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