¿Hasta dónde llegaremos?

Sábado 6 de mayo de 2017, por José Ignacio Galarza Mayorga




En esta vida hay cosas que nos sorprenden y otras que, naturalmente, nos horrorizan. Y esta que, someramente, narraremos es de las segundas. Veámosla y, cada uno de los lectores la ubicará, según su manera de pensar.
El periódico El Tiempo en su edición del 10 de abril, en Internet, señalaba lo siguiente: “Hombre denuncia que fue abusado en la estación de Policía en Soacha” y en su redacción de Bogotá expresaba: “Según el relato del denunciante, los hechos fueron perpetrados por otros seis hombres con los que compartía celda. La Policía sostiene que ya inició la respectiva investigación para determinar lo ocurrido”.

“Un hombre de 34 años denunció que fue víctima de abuso en el interior de la Estación de Policía León XIII. Según el afectado, fue violentado sexualmente por otros detenidos sin que los uniformados encargados de su seguridad hicieran nada por evitarlo. El hecho se habría registrado el pasado 31 de marzo, luego que el hombre fuera trasladado a la estación de Policía para que respondiera por un proceso judicial en su contra. Al parecer allí fue abusado sexualmente por seis hombres que estaban en la misma celda”.

Dice el abusado que cuando estaba tirado en el piso por las rejas había varios policías, y uno en particular sacó el teléfono celular e hizo un vídeo, y le decía a uno de los seis que abusaron de mí que cómo era que hacían, aseguró el denunciante en diálogo con Noticias Caracol”.

Conocidos los hechos, la Policía de Soacha emitió un comunicado de prensa en el que sostiene que ante la denuncia formulada trasladó al ofendido al Hospital Gaitán Yanguas de Soacha y se inició la respectiva investigación interna.

Sólo nos falta que en las estaciones de Policía se utilice el pentonal sódico que se empleaba para dormir al reo y así poder cumplir con todas las facilidades para llegar a ejecutar la aberración de que fue objeto un detenido que había cometido, supuestamente un delito, y quedó a voluntad de delincuentes en la Estación de Policía de León XIII y, además, que la Alcaldía compre un reloj con despertador para que las autoridades correspondientes se despierten del sueño que las domina, y puedan, por lo menos, manifestar públicamente lo que piensan de tan espantosa forma de proceder de los policías, quienes parecen estar viviendo nuevamente la fatídica época de la pena de muerte y se hubieran aplicado el pentonal sódico, la benzodiacepina o el midazalam para satisfacer o ver ejecutar las aberraciones ocurridas hace escasas noches, sin que, al parecer, nadie se conmueva y menos la Administración Municipal.

Quien sí expresó su desprecio por los hechos, fue el comandante de la Policía que se puso al frente y llevó detenidos a los policías que prestaban “su servicio” en León XIII, donde ocurrieron los hechos narrados aquí.

Esta terrible situación presentada, si se me permite la expresión, en territorio de la Policía, era ella, entonces, quien debía responde por la vida y honra de los detenidos a su cargo y, entonces, no podían, los agentes de turno, quedarse mirando y filmando lo que ocurría.

Y aquí cabe ahora preguntar: ¿qué se han hecho esos policías? En dónde se encuentran? Se les investiga o gozan del mismo beneficio del oficial que intervino en el escándalo de los jóvenes soachunos sacrificados como integrantes de la guerrilla y llevados al norte del país donde se le asesinó?

Todavía nos queda gente buena y policías buenos que cumplen con sus obligaciones. Además, “soñar no es pecado, sobre todo en horas en las que parece “tambalearse la esperanza” de una Soacha completamente limpia. De otra parte, el Acalde Municipal no es el investigador, como es natural, pero cabe preguntar: ¿qué ha dicho o hecho al respecto? Porque no podemos seguir pensando en aquella famosa palabra de hace mucho tiempo: Tapen, Tapen, Tapen.

Por eso, hay que recordar, queridos soachunos, al gran Einsten, cuando dijo:

“El mundo es un lugar muy peligroso, no por las personas que hacen mal, sino por los que se sientan a ver qué pasa”.

José Ignacio Galarza M.

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