La hipocresía en la tolerancia

Domingo 14 de agosto de 2016, por Juan Manuel Ruiz




Libertad, democracia, Dios: palabras que han servido para todo, a nombre de las cuales se perpetran todos los crímenes y todos los abusos con total impunidad. Ahora otra palabra se está volviendo tan popular que su abuso comienza a asustar.

Tolerancia: en su más bella acepción significa respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Pero qué lejos estamos de conocerla bien y de practicarla. La definición es muy precisa, pero es solo eso, la simple explicación del significado del término.

Lo que a veces me preocupa es que varios de los abanderados de la tolerancia son los más intolerantes y extremistas, como varios de los abanderados de la paz son en realidad abanderados de la guerra contra sus adversarios.

Quien no opine igual o no comparta el mismo modo de vida o las creencias de un determinado grupo es considerado un enemigo. Y lo peor: es lapidado y despedazado en su honra en la picota pública de las redes sociales.

En su más reciente columna, la directora de noticias de RCN RADIO, Yolanda Ruiz, abordaba agudamente el tema.

“Me ha sorprendido en los últimos días escuchar en boca de quienes se dicen de pensamiento liberal y progresista epítetos cargados de odio, descalificadores, sin espacio para el diálogo“. Nada más cierto, nada más real.

No es fácil entender por qué se da esa intolerancia de varios de los adalides de la tolerancia. Quizá sus condiciones de vida en las que abundaron la segregación y la injusticia los hace actuar a la defensiva y en permanente estado de crispación.

Entonces, no queda otra salida que replantear de nuevo el asunto: ¿qué es para mí la tolerancia?

¿Defenderme atacando a quienes no me quieren u opinan diferente de mí? ¿Tolerar es ofender al que opina distinto, muy distinto, a mí? ¿Tolerancia es lograr que los demás acepten calladamente mi forma de vida y mis creencias, sin derecho a disentir?

Si es así, qué falsedad y qué hipocresía. Qué gran mentira. Todo sería entonces una farsa. La misma farsa de quienes han hecho la guerra y asesinado seres humanos en nombre de la libertad y de la igualdad o en nombre de la justicia. Qué horror. Que contradicción.

Lo más preocupante de ese estado mental de confusión es que el paso del tiempo en vez de propiciar la tolerancia termina animando el peor de los engendros: la indiferencia.

Y la indiferencia puede ser el mal de males, porque con ella nada ni nadie me afecta. Todo me pasa por encima, así estén matoneando a quien está a mi lado, o incluso lo estén matando. No es conmigo, no es contra mí, soy tolerante, mejor me quedo quieto para que no me ataquen.

Bueno sería que ahondáramos más en el asunto, todos sin excepción. La práctica de la tolerancia en su acepción originaria debería ser enseñada en el hogar y en las aulas.

A ver si así algunos luchadores de la tolerancia les perdonan a quienes piensan distinto –repito, eso no los hace sus enemigos, nos los convierte en contradictores– el que también existan y compartan la misma tierra, en paz y sin violencia.

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